14 ene. 2011

Inteligencia Emocional.

En el siguiente artículo, realizado muy cercano en tiempo, a la primera publicación del libro de Daniel Goleman, La Inteligencia Emocional, nos presenta en forma muy breve pero muy clara la importancia que tienen las emociones y su correcta administración, para las relaciones interpersonales, elementos que son básicos para el desempeño efectivo y eficaz de cualquier ser humano en cualquier actividad que se trate, sobre todo en la actividad profesional o laboral, en el desempeño de un equipo, tanto asumiendo el rol de líder o liderado.



La ciencia descubre que los sentimientos son la clave del éxito empresarial.

La emoción y la inteligencia ya no son incompatibles. Según los últimos estudios, para ser listo y triunfar no hay que reprimir los sentimientos, sino canalizarlos adecuadamente.

Sepa cómo hacerlo.
Marcos por fin ha logrado concretar una cita para cenar esta noche con la bella chica que le atrae. La cita es a las 8.30. Son ya las 8 y Marcos aún no se ha decidido a vestirse. Le da vueltas una y otra vez a la conveniencia de acudir a la cena. Tiene miedo de hacer el ridículo, de no quedar bien y perder el tiempo. Su madre le mira sentado en el sillón y le espeta: "¡Hijo, tú eres tonto, vas a dejar escapar a esa chica!" No. Marcos no es tonto, ni mucho menos. De hecho, es uno de los alumnos más brillantes de la facultad. Su cociente intelectual es tan extraordinario como su expediente académico. Sin embargo, ¿por qué no tiene éxito social? No es él el único que se ha hecho esta pregunta. Durante siglos, los científicos han indagado en los más profundos secretos del comportamiento humano. Han buscado las íntimas conexiones entre el cerebro y la mente –el hardware y el softxvare de nuestros actos- para encontrar respuestas a cuestiones similares a la de Marcos: ¿por qué el niño más listo de la clase no siempre termina siendo el que más éxito profesional alcanza? ¿Qué hace que ciertas personas parezcan tener la clave del buen comportamiento social, mientras otras son un desastre en público? ¿Por qué unos siguen siendo brillantes incluso en las condiciones más adversas y otros se hunden a la primera? Ni la neurología ni la biología han podido dar una explicación satisfactoria. Seguimos sin conocer con exactitud qué cualidades humanas determinan el éxito personal. Sabemos que éste no depende en exclusiva de la capacidad técnica para resolver problemas, ni de un elevado cociente intelectual - los expertos han acordado que, entre todos los ingredientes del éxito, la inteligencia sólo aporta el 20 por ciento-, ni de la fuerza física, ni siquiera de la belleza. ¿Qué es, entonces, lo que nos convierte en ganadores o vencidos?
• La respuesta no está en la cabeza, sino en el corazón
Los psicólogos Peter Salovey, de la Universidad de Yale, y John Mayer, de la Universidad de New Hampshire, han sorprendido a medio mundo con su particular respuesta a esta pregunta: el éxito no está en la cabeza, sino en el corazón. Cualidades como la capacidad de entender los sentimientos propios, la habilidad para comprender los del vecino y el control de las emociones para conseguir un fin son más importantes que saberse la tabla de multiplicar del 333.
Ambos psicólogos, con la ayuda del escritor científico Daniel Goleman, han inventado un nuevo concepto con el que pretenden abarcar dichas capacidades, hasta ahora discriminadas en los planes de estudio y en las técnicas de evaluación profesional: la inteligencia emocional, una nueva medida de nuestro intelecto que poco tiene que ver con los tests de cociente intelectual de hoy. El filósofo español José Antonio Marina lleva años investigando el complicado mundo de las emociones humanas y no se extraña del éxito que ha alcanzado esta novedosa propuesta. "El concepto de inteligencia emocional -comenta-no hace más que afirmar una vieja idea manejada por muchos: lo que llamamos afectividad; es decir, nuestros sentimientos y emociones influyen muchísimo en el desarrollo y la eficacia del intelecto".
Como comenta a MUY el propio Daniel Goleman, autor del libro Inteligencia emocional, que acaba de editarse en español, "es cierto que el estudio de las emociones es antiguo, pero ahora tenemos por primera vez en la historia la capacidad de hablar científicamente de un territorio de nuestro comportamiento a cuyo análisis sólo se habían dedicado los poetas". Vayamos, pues, por partes. ¿Qué son las emociones? ¿Qué hay detrás de ese concepto etéreo que ahora todos quieren invocar? Las emociones son, en esencia, impulsos que nos mueven a una acción, programas de actuación que se ponen en marcha automáticamente ante determinados estímulos extremos. Los biólogos conocen bien este fenómeno y no dudan en otorgarle un papel fundamental en la evolución humana. Las respuestas emotivas de nuestros antepasados más remotos fueron pieza clave en la supervivencia de la especie: el miedo hace que la sangre fluya con más fuerza hacia los músculos y facilita que huyamos o golpeemos al agresor; la sorpresa aumenta el tamaño de las pupilas y mejora nuestra información visual; el asco hace qué nuestra cara se contraiga para cerrar las fosas nasales y evitar la entrada de olores dañinos.
• La amígdala es el centro de nuestras pasiones
La vida emocional crece en un área del cerebro llamada sistema límbico y, especialmente, en la amígdala. Ahí nacen las sensaciones de placer o disgusto, de miedo o ira. Pero en los cerebros más evolucionados, como el humano, nació hace millones de años otra pieza fundamental para el comportamiento: el neocórtex, un gran bulbo de tejidos plegados entre sí que configuran el estrato superior del sistema nervioso. Es ahí donde se procesan las señales del exterior, se aprenden y se memorizan, lo que nos permite hacer planes y tener expectativas. En términos simples, podría decirse que la lujuria nace en el sistema límbico, y el amor, en el neocórtex. Ésa es la dicotomía que hace que nuestros actos se rijan por dos tipos de mentes: una emotiva y otra racional. Las dos funciones son inteligentes y se complementan. Cuanto más evolucionada es una especie animal, mayor número de conexiones hay entre ambas. Pero, en algunos casos, el sistema límbico se salta el conducto reglamentario y actúa sin contar con la supervisión del neocórtex. Así sucede, por ejemplo, si vamos andando por el campo y vemos un objeto extraño entre los matojos. Inmediatamente saltaremos y nos pondremos en guardia, antes incluso de que nos demos cuenta de que no era más que un palo con forma de serpiente. El neurólogo Antonio Damasio lo explica con claridad: "La mayoría de nuestros actos pueden tener una infinidad de implicaciones. Si atentáramos analizarlas todas fríamente, nunca tomaríamos una decisión". De ser así, la serpiente nos mordería siempre. Lo que realmente nos hace ponemos en marcha es que, inconscientemente, asignamos un valor emocional a cada experiencia, a cada decisión. Si Marcos, el personaje con el que comenzaba esta historia, sintiera un regocijo especial por cenar con su amiga, no tendría dudas en acudir a su cita. Si, por el contrario, pensara que ella es una asesina y tuviera miedo de morir, tampoco dudaría en quedarse en casa. Lo que hace que Marcos se paralice es que no siente emoción alguna ante el evento: su inteligencia emocional es cero. Damasio, autor del libro El envide Descanes: emoción, razón y cerebro humano, ha confirmado estas ideas trabajando con enfermos neurológicos que tenían dañadas las conexiones entre el sistema límbico y el neocórtex. Estos pacientes pueden considerarse tan inteligentes como la gente sana y razonan con la misma rapidez. Pero, por algún motivo oculto, sus vidas parecen abocadas a la desgracia: no pueden tomar decisiones correctas, no aprenden de los errores, no tienen sentimiento de culpa.
• Si usted es optimista, póngalo en su curriculum
La inteligencia emocional es, pues, la capacidad de controlar nuestras emociones, de saber utilizar un sentimiento adecuado a cada problema que nos plantea la experiencia. "No es que haya una emoción concreta para cada situación -advierte Daniel Goleman-. Cada persona es un mundo y el corazón de cada cual tiene sus propias reglas. Ser afectivamente inteligente no supone poner un horario a nuestras pasiones. Pero sí podemos aprender a reaccionar adecuadamente cuando una emoción nos asalta. Es decir, hacer más inteligente nuestra vida emotiva. Es más útil para nosotros y para quienes nos rodean". En otras palabras: ser listo con lo que sentimos, no sólo con lo que hacemos. ¿Pero es posible medir nuestra inteligencia afectiva? Ni siquiera los mayores defensores del término están convencidos. Según José Antonio Marina, "no existen tests que valoren nuestros sentimientos, pero sí hay pruebas que en principio parecen que miden aspectos de la vida emotiva y que, a posteriori, son más fiables que un test de cociente intelectual para saber la evolución de una persona". Marina se refiere, por ejemplo, a las pruebas de aplazamiento de la recompensa. En los años sesenta, un psicólogo de la Universidad de
Stanford llamado Walter Mischel realizó un curioso experimento con niños. Se trataba de ofrecer al pequeño una golosina y decirle: "Si lo deseas, puedes comértela ahora, pero si esperas a que vuelva te traeré dos". Luego, el investigador abandonaba la sala dejando el caramelo al alcance del niño y observaba sus reacciones. Así podían observarse los mecanismos primitivos de la lucha entre el deseo v el control. Catorce años después, se hizo un seguimiento académico de aquellos niños. Los que habían esperado la llegada del psicólogo sin tocar el caramelo eran más competentes, más emprendedores y más sociables. Los que no aguantaron y se comieron la golosina eran menos brillantes y tendían a desmoralizarse. La forma en que esos niños reaccionaron a los cuatro años de edad constituyó un test mucho más fiable que las pruebas de cociente intelectual.
• Las habilidades emotivas pueden potenciarse
Una vez medido el cociente emocional, la pregunta es obvia: ¿cómo puede potenciarse? ¿Es posible educar nuestras emociones? Goleman distingue cinco habilidades que, en conjunto, componen la inteligencia emocional: la capacidad de reconocer los sentimientos propios, la capacidad de administrar esos sentimientos, la automotivación, el reconocimiento de las emociones de los demás y la empatía: saber reaccionar correctamente a los sentimientos del otro. Cada una de estas habilidades puede aprenderse. La introspección es el primer paso para nuestro aprendizaje. Goleman comenta que "las emociones dejan un rastro en nuestra personalidad que debemos leer."
Antonio Damasio ha catalogado estos rastros en términos psicosomáticos. Para él, cada emoción tiene un "sabor" que podemos memorizar para la futura toma de decisiones. Supongamos que una persona está enfadada por un problema laboral. Seguramente, cuando llegue a casa aprovechará la menor ocasión para mostrar su ira ante sus hijos. Sólo cuando uno de ellos' le reprenda y le haga ver lo irracional de su comportamiento se dará cuenta de que ha sacado a relucir sus emociones de manera equivocada. Si a usted le pasa eso -¿a quién no?-, intente memorizar lo que ha sentido y utilice ese recuerdo para actuar con mayor mesura la próxima vez. Habrá mejorado su cociente emocional.
• La empatía es una virtud con la que todos nacemos
La mayoría de las habilidades afectivas son innatas, pero pueden ejercitarse. Los niños muestran empatía desde muy pequeños, cuando se disgustan al oír el llanto de otro bebé. En ese momento, sus padres pueden colaborar en el desarrollo emocional del pequeño. Por ejemplo, mostrando su satisfacción cada vez que observan una actitud compasiva de sus hijos. O reprochándoles que se muestren insensibles al dolor de un hermano. De hecho, como dice José Antonio Marina, "la familia es el núcleo en el que primero debe potenciarse la inteligencia afectiva. Todas las madres saben cómo alimentar a sus hijos, pues también deberían saber cómo preparar el biberón emocional de sus pequeños". Daniel Goleman coincide: "Los padres deben aprovechar cualquier oportunidad para dar lecciones emocionales. Pueden enseñar a sus hijos a saber qué sienten en cada momento y cómo pueden responder a esos sentimientos". El colegio es otro centro ideal para educar las inteligencias emotivas. "Un profesor puede explicar matemáticas como algo aburrido -comenta Marina- o utilizarlas para reforzar la emotividad del joven. Lo importante es explicar al alumno cómo resolver problemas, da igual que sean numéricos o sentimentales. En la vida va a toparse con un sinnúmero de situaciones problemáticas -matrimoniales, laborales y de salud, entre otras-, y las matemáticas pueden enseñar cómo resolverlas". En Estados Unidos existen cientos de colegios en donde se ofrecen cursos de alfabetización emocional, con el fin de dar una verdadera educación integral. De hecho, este nuevo enfoque se comienza a aplicar en varios países. A los que no tenemos la fortuna de volver a pasar por la escuela también nos queda una esperanza. En los adultos, la reeducación sentimental es posible. Daniel Goleman nos da algún consejo: "Podemos mejorar las áreas en las que nuestra inteligencia afectiva es débil. Para ello hay que motivarse y controlar nuestra furia o potenciar nuestra empatía escuchando más a los vecinos. Hay que concentrar todos los esfuerzos en cambiar nuestras respuestas automáticas siempre que podamos y reemplazarlas por otra mejor. Si se persiste en el intento, el circuito cerebral que pone en marcha una nueva actitud será cada vez más fuerte, hasta que nuestra nueva respuesta se vuelva automática".
• Ser feliz no es lo mismo que estar alegre todo el día
Hay que dejar claro que tener un elevado cociente emocional no supone estar todo el día alegre. "Lo importante -señala Goleman es que sepamos mantener el equilibrio entre emociones buenas y malas". La cuestión no estriba en reprimir nuestras malas sensaciones, sino en canalizarlas. En la literatura psicológica abundan los experimentos realizados con avisadores, unas máquinas que suenan aleatoriamente a lo largo del día y piden a quien las lleva que anote el estado anímico en que se encuentra en ese momento. Ningún sujeto estudiado asegura encontrarse bien en todas las ocasiones. Es más, la felicidad y el éxito personal no son directamente proporcionales al número de veces que se anota una buena sensación. La inteligencia emocional es la que permite, precisamente, reponerse de los malos tragos y seguir siendo eficaz incluso en las peores épocas de nuestras vidas. ¿Pero qué aplicaciones prácticas tienen realmente estos nuevos hallazgos? A muchos expertos les gusta hablar del coste social del analfabetismo emocional. En el mundo occidental, donde la inteligencia afectiva ha sido ignorada tradicionalmente como valor intelectual, crecen la violencia, la depresión, el fracaso escolar, el divorcio y la marginación. Casi todos los estudios psicológicos y sociológicos internacionales han encontrado la causa de este fenómeno en la falta de una correcta educación sentimental. Ya existen, incluso, experiencias clínicas que muestran la eficacia de estas peculiares clases de alfabetización. En un instituto de Pregón, uno de cada cuatro estudiantes padecía una de- depresión moderada. Se tomó un grupo de estos jóvenes y se les enseñó durante unos meses a relacionarse mejor con sus padres, a conocer sus sentimientos, a comprometerse con actividades atractivas y estimulantes y a dejar de lado la obsesión por las notas. El número de depresiones en dicho grupo descendió en un 14 por ciento, mientras que en el resto de los alumnos el mal se extendió en un 25 por ciento.
• Los futuros jefes serán directivos sensibles
En el mundo laboral, la inteligencia emocional también encuentra un sentido. Mozona Subo, psicóloga del Harbara Budines Col, acaba de publicar un trabajo en el que afirma que "hubo un tiempo en el que las empresas premiaban al jefe manipulador, al que se movía en la oficina como si se tratara de la selva. Pero hoy las cosas están cambiando, y el futuro directivo será la persona más capacitada en las relaciones interpersonales". Si eso es cierto, habrá que ir pensando que los líderes de mañana no serán los primeros de la clase, sino los más inteligentes afectivamente. Y no es que los empresarios se hayan vuelto, de repente, unos angelitos altruistas. Simplemente, se mueven por egoísmo. Varias encuestas recientes llevadas a cabo entre altos ejecutivos de Estados Unidos y Europa demuestran que la mayor parte de los fracasos empresariales no se deben a una falta de cualificación de los directivos,  sino a "desarreglos interpersonales". Entre los más comunes se encuentran la "pobreza de las relaciones laborales y sociales ", "el exceso de autoritarismo o ambición", y "los constantes conflictos con directivos de otras áreas o departamentos".
• ¡Cuidado con las sobredosis de sentimientos!
Evidentemente, potenciar la inteligencia emocional no supone dejar de lado el famoso cociente intelectual. El correcto equilibrio de ambas habilidades puede ser la fórmula ideal para disfrutar de la vida. De hecho, ya existen voces de alerta ante lo que puede denominarse una "sobredosis de afecto". Una de ellas la ha lanzado el propio autor del concepto inteligencia emocional, Peter Sallovey: "Me encanta la idea de enseñar a la gente a comprender mejor su vida emocional, pero me opongo a educar las emociones conforme a expectativas sociales". El mundo emotivo, al fin y al cabo, es neutro. No tiene valores. No existen emociones buenas o malas, sino un correcto o incorrecto uso de ellas. Después de todo, ya lo intuía hace siglos el mismísimo Aristóteles: "Cualquiera puede enfadarse, eso es fácil. Lo difícil es enfadarse con la persona adecuada, en el momento justo y en el grado necesario".

Artículo realizado por: Jorge Alcalde

4 comentarios:

  1. El tema de inteligencia emocional es profundo, lo he estudiado y lo he presentado en muchos talleres, pocos entienden que para alcanzar un nivel de sociedad como el que se aspira, con valores y autoestima debemos educar las emociones desde los primeros pasos, es un trabajo del hogar pero también de los centros de educación. Pocos saben del tema muchos lo pasan por alto y le dan solo importancia al C.I. Camarada es un tema para hablarlo por horas, estoy a las ordenes para lo que sea.

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  2. Así es concuerdo contigo, es un tema importantísimo, que lamentablemente no tiene la difusión que debería tener. Seguramente con el trabajo de todos en todos los ámbitos, podremos eduacar adecuadamente a nuestra gente, para lograr una sociedad sana... Gracias por el comentario, tus aportes enriquecen el blog.

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  3. Me llamó la atención cuando penas comencé a leer Esto dije es un plagio( ni un acento de más ni menos) de un artículo publicado en la revista MUY , en marzo 1997. Luego observé que al final dice, artículo publicado por Jorge Alcalde. Espero ÉL tenga las felicitaciones correspondientes. Es un gran artículo. Y a usted lo felicito por tocar el tema que es, en efecto poco valorado y de gran importancia e interés.

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  4. Gracias a usted por leerlo e intervenir. No es la intención de plagiar ni copiar las ideas de nadie, cada artículo que no sea escrito por el autor de este blog, está especificado correctamente, incluso este autor se ha contactado con muchos de los autores que aparecen para solicitar autorización a los efectos de difundir sus ideas. Gracias por las felicitaciones y gracias nuevamente por su intervención, si bien es anónima, igual es respetuosa y constructiva.

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